Los gallos de Hialeah

Quiquiriquí en la cerca de mi casa
Quiquiriquí en la cerca de mi casa

A pocos días de mi llegada a los EE.UU. me encontraba en el Westland Mall, es decir en el ‘moldejayalía’, era el atardecer y para mi sorpresa comenzaron a llegar, desde diferentes direcciones, cientos, miles de aves que se posaban en los arboles que rodean el parqueo del ‘mall’ y y en los cables eléctricos, eran de diferentes especies y tamaños; esto me trajo a la memoria este mismo fenómeno que ocurría al atardecer en el Paseo del Prado en La Habana, esta migración diaria desapareció como por arte de magia con la deforestación del sur habanero y los excesos de ‘quimiquización’ de la agricultura que trajo la destrucción de la fauna aviaria que tenían su dormitorio en el muy concurrido paseo habanero.

Hialeah no sufre los rigores de los vanidosos pavo reales de Coconut Grove con sus destemplados cantares y sus múltiples deyecciones, tampoco de los ataques a los transeúntes de Arthur Godfrey Road, en Miami Beach, de los mirlos que anidan en las palmas y que nos recuerdan el bien conocido filme de Hitchcock, pero sospecho que en Hialeah viven todas, o casi todas las, alrededor de 150 especies de aves que existen en Florida.

Quizás la más molesta de esas aves sean los patos conocidos en inglés como ‘Muscovy’ y en español como pato criollo o mudo, esas aves que detienen el tráfico al cruzar la pata madre y sus crías las calles con su lento y característico andar, mortificando a los choferes que luchan por ganar tiempo deseando pasarle por encima a estas petulantes recuas de patos. Para los que viven en la calle 53 de Hialeah que bordea el canalizado Little River la molestia es aún mayor ya que estos patos anidan en las márgenes del canal, junto con algunas garzas de por lo menos dos diferentes especies y estos patos además de comportarse amenazadores y beligerantes defecan por doquier, se encaraman en los autos parqueados y generan múltiples estropicios.

La importancia de Hialeah desde el punto de vista de la fauna aviar se acrecientó por el hecho de que el Hialeah Park Racetrack, el hipódromo, fue designado santuario para el flamenco[1] por la Sociedad Audubon. Estos flamencos fueron importados de Cuba en los años 20’ del siglo pasado y contribuyeron a que este hipódromo fuese considerado uno de los más bellos del mundo, además el Hialeah Park Racetrack fue incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos el 2 de marzo de 1979. El 12 de enero de 1988, la propiedad fue determinada elegible para su designación como Monumento Histórico Nacional por el Secretario del Interior del Estado de la Florida, a pesar de ello hay noticias que se pretende convertir este amplio sitio en una zona de desarrollo habitacional, qué van hacer con los flamencos, cuyo mantenimiento es costoso, y con el edificio principal, nada se ha dicho al respecto.

El primer gallo que vi en Hialeah moviéndose libremente sin un aparente propietario fue en la zona de parqueo de un conocido mercado, eso fue hace unos tres años, era un gallo de buen tamaño, evidentemente bien nutrido y se movía con absoluto dominio del lugar, pocos meses después aviste otro gallo un poco menos fornido pero que también se movía libremente en el parqueo de la clínica en la que atiendo mis habituales achaques, o como decía una amiga: las caricias de la vejez.

A partir de ese momento mis avistamientos de gallos, y claro está de sus féminas, ha aumentado, digamos, de forma alarmante, hasta que un gallo de los conocidos como quiquiriquí[2] ha decidido utilizar la cuadra en donde vivo como su zona de intentos de apareamientos y gusta de utilizar una de las cercas de mi casa como su tribuna para las conquistas que no logra concretar por su pequeño tamaño o para marcar su territorio. No tengo nada contra los gallos, aunque este específicamente no me resulta placentero por su continuo, casi constantes, cantar.

El gallo es un símbolo de la virilidad, la autoridad, el patriarcado y el coraje; también como un símbolo sexual[3]. Los gallos están vinculados a la historia, las artes, el refranero y las formas recreativas de los cubanos antes del cataclismo, incluso la parte más industriosa de mi familia estaba relacionada por lo menos con la imagen de los gallos[4].

cajita de fosforos de 3 ctvs.
Cajita de fosforos de 3 ctvs.

Su vinculo con la historia lo podemos referir al uso de la cabeza de gallo como la figura emblemática en los pomos de los machetes de combate[5] en contraposición de la cabeza de un águila o un dogo en las armas de las tropas españolas. Los gallos fueron temática central de decenas de pinturas de Mariano Rodríguez[6] y motivo central de múltiples decimas campesinas; las peleas de gallo estaban enraizadas en las costumbres no solo campesinas, ya que, en las ciudades, como La Habana[7], también se practicaba ese sangriento y cruel pasatiempo.[8]

Tengo esperanza que ‘mi quiquiriquí’, logre aparearse con una pareja que sea asequible a su pequeña anatomía y decida formar su familia lejos de mi propiedad, me sería muy grato.


[1] Muchos pensarán que el flamenco es el ave símbolo oficial de Florida, pero no es así, el ave oficial es el sinsonte, esta ave canora es conocida por la diversidad de su canto, en Cuba, donde muchos la poseen enjaulada, lo cual está prohibido en estos lares, conocí de un sinsonte que le habían enseñado a silbar parte del himno nacional.

[2] Originalmente no fueron conocidos por ese nombre el cual es la onomatopeya en español del canto de los gallos, y digo en español ya que inglés es cock-a-doodle-doo y en francés: cocorico y así en los diversos idiomas. De acuerdo con el Diccionario Provincial de Pichardo en el siglo XIX y seguramente antes, se le llamaba ‘quiquirito’ también según Pichardo “nombre (que) suele aplicarse metafóricamente al hombre chico de cuerpo, erguido, presumido, fachenda.”

[3] Pero con significaciones contrapuestas: la eyaculación precoz o la multiplicidad de parejas. Sobre esta última existe la anécdota, apócrifa o no, del presidente Calvin Coolidge de la cual se ha derivado el llamado ‘Efecto Coolidge’

[4] Las cajitas de fósforos Acebo se producían en dos tamaños: de 3 y de 5 ¢, y estaban adornadas en su reverso por un colorido gallo sobre una cerca de madera en disposición de cantar y detrás un sol naciente, que recuerda el escudo de Cuba, esa imagen competía con la que utilizaba otra marca competidora: un pavo real. Sin lugar a duda que el gallo de Acebo daba una imagen más cubana que su competidor.

[5] Martí le regalo a Gómez un machete con una cabeza de gallo como pomo de la empuñadora el cual fue utilizado por el Generalísimo durante toda la contienda

[6] En la finca La Chata que fuese del presidente Carlos Prío, este era un fanático de las peleas de gallo y tenía cría de los mismo en dicha finca, la vajilla estaba adornada con un gallo diseñado por Mariano y a la derecha de la puerta de la casa principal había una escultura en metal, de mas o menos un metro de alto, de un gallo también obra de Mariano.

[7] Yo recuerdo dos vallas en La Habana, una a pocos pasos de la Esquina de Tejas y la otra en las cercanías del puente de Agua Dulce.

[8] Las corridas de toro no prendieron en Cuba pero las peleas de gallo sí, un grabado de Federico Mialhe de la primera mitad del siglo XIX así lo reflejan.

Acerca del autor

Waldo Acebo Meireles
(La Habana, 23 de noviembre de 1943 - Hialeah, 23 de abril de 2022). Profesor de Historia, recibió la Orden Félix Varela por sus aportes a la enseñanza de la Historia de Cuba al introducir en la misma la enseñanza de la Historia Local. Es autor del manual para los maestros y profesores de las vías de vinculación de las historias locales a la enseñanza de la historia nacional. Contribuyó a la redacción de los textos de Historia para la enseñanza media. Como asesor del Instituto de Geodesia y Cartografía redactó el Atlas de Historia Antigua y Medieval. Autor de la Historia del Municipio de Arroyo Naranjo. Presidió la Comisión de Historia de la Provincia Habana. Fungió como vicepresidente de la Unión de Historiadores de Cuba. Como profesor invitado del Instituto Pedagógico para América Latina impartió cursos de post-grado y maestría. Hasta su fallecimiento trabajó en la investigación de la historia de Hialeah donde residió desde su llegada a los EE.UU.

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